¿Y tu?
Gabriel Silveira
Apoyó la cabeza en la ventana del autocar y miró su sombra recorrer el asfalto soleado. A las tres estaría en casa, pensó. La llamada, el silencio, el autocar, el silencio, la casa, el silencio, el flagrante y después, después el destino iba a crear su propio remate. Él mismo había creado esta trampa, él mismo la tendría que poner un fin. El autocar giró, irónico, en la Calle de las Parejas. Una lágrima escurrió de su ojo y resbaló por la ventana hasta tumbarse en la goma del cristal. Él crujió los dientes y miró al reloj. Luego se levantó de susto, hizo señal que iba a bajar y, hasta hacerlo, dio cinco pasos hacia el fondo mirando los árboles del parque, que todavía era en la ventana. Luego bajó decidido. El zapato negro tocó la piedra calentada del alta tarde. Se puso en pasos rápidos hasta la esquina, esperó el hombrecillo verde para cruzar la calle, cerrar los ojos en los pasos al lado del parque, distribuir unos saludos por las pequeñas tiendas de la Sé y después, y solamente después de unos segundos a pensar en frente a la puerta de su propia casa, sacó la llave del bolsillo e ya se encontró en la cocina, sin percibir los segundos que perdiera titubeando en busca de las llaves, intentando encajarla en la cerradura, dejando el abrigo detrás de la puerta, nada, nada, simplemente se encontró parado en la cocina, de espaldas para la mesa, con la mirada fija en la nevera que parecía dormitar roncando bajo el aura de la tarde muerta. No más, silencio, como previera. Fue hasta el callejón, sacó el primer cuchillo que encontró escondido entre las cucharas, luego se puso a roer la punta del propio índice izquierdo. ¿Miedo? Contestó subiendo la escalera sin darse cuenta de la blusa estirada sobre la mesa, sin notar los dos móviles en el escritorio del salón, en que apenas había entrado. En la escalera, el silencio se había desecho en el tiempo, cediendo lugar al obvio, al esperado, al no esperado, al anunciando en la llamada, así como en tantas cartas, era obvio, al final. A cada gemido envejecía un año. Llegó mayor a la puerta del cuarto. Se mordió el labio después de apoyar la cabeza y las lagrimas en la puerta de madera, después de meditar si tenía o no miedo de ir hasta el fin, solamente después de haber oído por unos segundos los gemidos estridentes de los hijos de puta, pensó, hijos de puta, ¿que he hecho? pero ¿que he hecho yo? vida de mierda, de mierda y vino el llanto, vino la cabeza apoyada en la puerta, vino la mordida en el labio y un golpe en seco del golpe del cuchillo hizo arrebatarse la puerta que se hundió en el tiempo entre los gritos de la pareja desnuda, él sobre ella, ella de espaldas, de boca bajo, manos sujetando el borde de la cama, ojos hacia la puerta, senos fregándose en el sudor de la sábana, mientras él sujetaba su cabello, de rodillas sobre la cama, sobre ella, sobre el destino, exhalando por toda la habitación el olor del lascivo, de la cópula salvaje, del fausto eterno que regían en el pequeño dormitorio, dando razón a lo que la tenía, y él, harto de ella, levantó el cuchillo hasta una altura que sobrepasaba el armario escogido con tanto cariño, aún pensó, para luego bajar de un solo golpe matando de inmediato al hombre, que no tuvo tiempo ninguno para huir de la posición del coito, sobre la mujer que, berro tras berro, pedía no, no, no lo haga, pero que antes, nada menos que unos segundos antes, estaba a gemir con el placer de la penetración, con el distribuir harmonioso de calofríos por su cuerpo, con el deslizar sereno de sus senos en el colchón, con el humedecer continuo de los labios y más y más, pero ahora lloraba y lloraba, imploraba por menos, menos, rogando por paciencia, por perdón, por cristo, por días. El hombre del cuchillo silenció. El otro también, muerto. El primer se acercó de su cuerpo, le miró en los ojos cerrados, le dio un beso en la boca y lloró. Luego, giró la cabeza hacia la mujer paralizada por el miedo y le preguntó: - Y tú, ¿quién eres?
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