<$BlogMetaData$>

« Home | <$BlogPreviousItemTitle$> »

31.7.06<$BlogDateHeaderDate$>

<$BlogItemTitle$>


Estações
Gabriel Silveira
Era um porto com trejeitos de montanha que, por pudor, disfarçava-se de mundo à beira-mar.

Como todos os que imitava, corria da chuva e sorria ao sol. Mas a verdade, aí, não em falso, nunca havia se ancorado.

Até que veio a secura dos dias e a estiagem dos mares e a greve das chuvas. E tudo que era bacana virou deserto.

Como os outros que eram sede de sol e banho de água, virou sede de água e banho de sol.

E quando todos sentiram-se como que perdidos naquela nova realidade, naquele mundo melancólico, ele parecia descoberto à verdade.

E teve certeza da pureza de sua escuridão, da essência de sua natural infelicidade.

No primeiro pôr-do-sol daquela costa de desertos, ele foi, finalmente, o único a sorrir e sentir-se parte de um mundo.

E a maresia, que ainda pairava na cidade, não trouxe nostalgia à população que dormia.

<$BlogCommentBody$>

<$BlogItemCreate$>

Links to this post

<$BlogBacklinkControl$> <$BlogBacklinkTitle$> <$BlogBacklinkDeleteIcon$>
<$BlogBacklinkSnippet$>
posted by <$BlogBacklinkAuthor$> @ <$BlogBacklinkDateTime$>

<$BlogItemBacklinkCreate$>

18.7.06<$BlogDateHeaderDate$>

<$BlogItemTitle$>

¿Y tu?
Gabriel Silveira
Apoyó la cabeza en la ventana del autocar y miró su sombra recorrer el asfalto soleado. A las tres estaría en casa, pensó. La llamada, el silencio, el autocar, el silencio, la casa, el silencio, el flagrante y después, después el destino iba a crear su propio remate. Él mismo había creado esta trampa, él mismo la tendría que poner un fin. El autocar giró, irónico, en la Calle de las Parejas. Una lágrima escurrió de su ojo y resbaló por la ventana hasta tumbarse en la goma del cristal. Él crujió los dientes y miró al reloj. Luego se levantó de susto, hizo señal que iba a bajar y, hasta hacerlo, dio cinco pasos hacia el fondo mirando los árboles del parque, que todavía era en la ventana. Luego bajó decidido. El zapato negro tocó la piedra calentada del alta tarde. Se puso en pasos rápidos hasta la esquina, esperó el hombrecillo verde para cruzar la calle, cerrar los ojos en los pasos al lado del parque, distribuir unos saludos por las pequeñas tiendas de la Sé y después, y solamente después de unos segundos a pensar en frente a la puerta de su propia casa, sacó la llave del bolsillo e ya se encontró en la cocina, sin percibir los segundos que perdiera titubeando en busca de las llaves, intentando encajarla en la cerradura, dejando el abrigo detrás de la puerta, nada, nada, simplemente se encontró parado en la cocina, de espaldas para la mesa, con la mirada fija en la nevera que parecía dormitar roncando bajo el aura de la tarde muerta. No más, silencio, como previera. Fue hasta el callejón, sacó el primer cuchillo que encontró escondido entre las cucharas, luego se puso a roer la punta del propio índice izquierdo. ¿Miedo? Contestó subiendo la escalera sin darse cuenta de la blusa estirada sobre la mesa, sin notar los dos móviles en el escritorio del salón, en que apenas había entrado. En la escalera, el silencio se había desecho en el tiempo, cediendo lugar al obvio, al esperado, al no esperado, al anunciando en la llamada, así como en tantas cartas, era obvio, al final. A cada gemido envejecía un año. Llegó mayor a la puerta del cuarto. Se mordió el labio después de apoyar la cabeza y las lagrimas en la puerta de madera, después de meditar si tenía o no miedo de ir hasta el fin, solamente después de haber oído por unos segundos los gemidos estridentes de los hijos de puta, pensó, hijos de puta, ¿que he hecho? pero ¿que he hecho yo? vida de mierda, de mierda y vino el llanto, vino la cabeza apoyada en la puerta, vino la mordida en el labio y un golpe en seco del golpe del cuchillo hizo arrebatarse la puerta que se hundió en el tiempo entre los gritos de la pareja desnuda, él sobre ella, ella de espaldas, de boca bajo, manos sujetando el borde de la cama, ojos hacia la puerta, senos fregándose en el sudor de la sábana, mientras él sujetaba su cabello, de rodillas sobre la cama, sobre ella, sobre el destino, exhalando por toda la habitación el olor del lascivo, de la cópula salvaje, del fausto eterno que regían en el pequeño dormitorio, dando razón a lo que la tenía, y él, harto de ella, levantó el cuchillo hasta una altura que sobrepasaba el armario escogido con tanto cariño, aún pensó, para luego bajar de un solo golpe matando de inmediato al hombre, que no tuvo tiempo ninguno para huir de la posición del coito, sobre la mujer que, berro tras berro, pedía no, no, no lo haga, pero que antes, nada menos que unos segundos antes, estaba a gemir con el placer de la penetración, con el distribuir harmonioso de calofríos por su cuerpo, con el deslizar sereno de sus senos en el colchón, con el humedecer continuo de los labios y más y más, pero ahora lloraba y lloraba, imploraba por menos, menos, rogando por paciencia, por perdón, por cristo, por días. El hombre del cuchillo silenció. El otro también, muerto. El primer se acercó de su cuerpo, le miró en los ojos cerrados, le dio un beso en la boca y lloró. Luego, giró la cabeza hacia la mujer paralizada por el miedo y le preguntó: - Y tú, ¿quién eres?

<$BlogCommentBody$>

<$BlogItemCreate$>

Links to this post

<$BlogBacklinkControl$> <$BlogBacklinkTitle$> <$BlogBacklinkDeleteIcon$>
<$BlogBacklinkSnippet$>
posted by <$BlogBacklinkAuthor$> @ <$BlogBacklinkDateTime$>

<$BlogItemBacklinkCreate$>

3.7.06<$BlogDateHeaderDate$>

<$BlogItemTitle$>

Reza forte
Gabriel Silveira
Quatro menos quarto, sentiu o pé resvalar no barro quente, levantou a voz sem o corpo e não conseguiu gritar. Com os joelhos nos cotovelos, comeu da terra que nos terá pó, sentindo o nariz filtrar a água pastosa que bebia pelos poros. O outro ergueu os dedos en riste, os dois, com os outros fez n minúscula, apontou a mão para o que no barro era e, em panorâmica, girou vinte graus o rosto sério. Bradou o cenário e a chuva atirou-se branca sobre o barro. Os dois ouviram as vintecinco kombis, que ali jaziam à ferrugem, virarem tambores da natureza. Um cachorro era paçoca sob a carcaça de um corcel e um burro não despertava sob a enxurrada.
- Comeu ou não comeu, velho safado?
- A menina foi lá brincar, não fiz nada, te juro, meu irmão. Calma lá com esta arma.
- Tá pensando que eu sou trouxa, imundo? Ou morre confesso ou morre covarde.
O velho conseguiu levantar o joelho, firmou a base do pé direito na lama. Depois olhou o ferro-velho sentindo a fricção das gotas no olhar. Voltou os olhos para o cano dos dedos.
- Quer saber? Sim, comi sim. Deu bandeira, a molequinha levou, onde é que tu estava que não cuidando dela? Na hora de deixar a menina sozinha pra comer as tuas mulatas nada era problema.
- Vai pro inferno - disse o que tinha os dedos - bam, bam - falou enquanto movimentava duas vezes a mão, desenhando uma hipotenusa da altura do peito até o nariz.
O outro, como se a arma fosse real, caiu com a orelha no barro, a água mergulhando em seus orifícios. O olho estancou na chuva. Moleque, moleque, o que ficou de pé desligou a mangueira que chovia e pela primeira vez sentiu na pele o choro que sempre chorara. Mirou para o morto movediço. Caminhou de um lado ao outro como se buscasse uma solução, depois juntou os dois dedos da mão, roçou ambos nos lábios e deu duas estacadas no céu da boca, caindo ao lado do outro morto. Ficaram os dois ali, sozinhos, até que o cachorro ensopado acordou, tomou coragem para pisar no lamaçal, foi até os dois corpos, cheirou a carniça e pôs-se a comer as vísceras, deliciando-se por ter alimento na fantasia. E os dois estavam mesmo mortos, mas há muito mais tempo, mas de muitas outras formas, mas fedendo muitos outros cheiros, porque reza a vez que, mais ou menos tardar, todos teremos a nossa.

<$BlogCommentBody$>

<$BlogItemCreate$>

Links to this post

<$BlogBacklinkControl$> <$BlogBacklinkTitle$> <$BlogBacklinkDeleteIcon$>
<$BlogBacklinkSnippet$>
posted by <$BlogBacklinkAuthor$> @ <$BlogBacklinkDateTime$>

<$BlogItemBacklinkCreate$>