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Leite derramado
{oLiterato on-line }

13.2.07

Dois erros, um destino
Guilherme Póvoas
- Não! Não. Eu já falei que não serão duas ou três cervejas que resolverão os nossos problemas.
- Marijuana?
- Não.
- Merry Blues.
- Não! Não. Pára de insistir.
Mas ele insistia. Como se não tivesse outra coisa a fazer. Na verdade, ele não conseguia resolver seu próprio problema sem dar transtorno aos outros. Três horas de conversa. Cerveja derramada ao chão. Garçom moreno [como é mesmo o nome dele, Wanderley, sei lá], limpando a laje. Que lata! Tanto tempo, porém não chegam a uma conclusão.
- Tu não sabes o que quer.
E, de fato. É daquele tipo de palavra cruzada que se começa fazendo e, depois de ler cinco ou seis questões, não se consegue completar um quadro sequer. Um labirinto sem saída. Que lama!
- Tenho que ir embora.
Desta vez ele sentiu firmeza. Ela tinha que ir mesmo. O rapaz já havia a chateado muito. Era melhor não insistir mais - não, pelo menos, pessoalmente. Não, pelo menos, mais naquela noite.
- Que horas são, meu...? - ela brecou na hora certa. Iria falar. Ele sentiu. E se tivesse se referido a ele como [coração]... seria um indicativo. Mas, como não falou. Saiu derrotado.
- Me liga quando chegar em casa?
- Para quê?
- Só para saber se chegou bem - mentiu ele.
Faltou coragem. E o problema persiste, ele insiste. Mas não completou um quadro apenas. Nem a terra de Abraão.
Dito por GUILHERME L. PÓVOAS em 00:30 Comentários:




7.2.07

Despierto - 2
Gabriel Silveira
El sol todavía no está despierto, Cervantes todavía duerme como una piedra sob los aires de la Plaza de España, en San Blas las viejitas apenas piensan en levantarse buscando las panaderías y los inmigrantes latinos que vienen de Leganés no hacen más que llenar un único vagón de la renfe. Así mismo, aquí dos puchos ya han quemado en el tiempo y me voy cebando el segundo mate, sin otra prisa que la de mi pensamiento. Eso porque me los llevo, recostados - pero no perdidos - en un rincón del pecho, un Buordoukan irreversible y un Voltaire pegajoso, ambos míos, ambos dueños de mí. Canso de pensar en el día que vendrá, hay que vivírselo, hay que pensárselo. El madroño no parece importarse con el viento que hace afuera y otra vez más pienso en las viejitas de San Blas, porque son como los madroños, perdidas en un mundo que, en realidad, desconocen, estas mismas viejitas que cierta vez apenas podrían comer el chorizo o la mantequilla y que ahora, involucradas en esta neo-España, en este mundo neocom que han visto salir de la oscuridad, parecen sobrevivir - o sobremorir - como fantasmas del pasado. Les toca las pensiones y los carritos de mercado. Y no piense usted que son pocas. Hay veces en que uno cree realmente haber llegado al cielo (sic), por ejemplo al entrar en cualquier autobús por la mañana, y se pone desperado a buscar el conductor para que le confirme el trayecto, no va uno a tomar el bus al umbral cuando quiere ir a Carabanchel, vaya ironía. Pero lo que realmente importa es que ahora ya empieza a salir el día, el sol viene un poquito templado, como la leche, y ahí ocurre lo más increíble: y es que todo el mundo (sic) despierta como si el mundo, en si, no existiera. El mundo todavía duerme para el mundo. Las viejitas no saben del chaval somalí que ya sale por el agua, y la madre de este, fastidiada, también no imagina que las viejitas españolas hagan sus compras llevándose siempre un carrito como perros-guía, que les sirve para aliviar el peso y la soledad. Tampoco saben los bouquinistes de Paris que, un poco más abajo (o arriba) del Sena - si pasas el dedo sobre el mapa - una docena de chicos llevan puesto kalashnikovs y miedos mil, los mismos que cita Kaputscinsky en uno de sus tantos libros que ahora están expuestos a la orilla derecha del río, cerca de la Ile-de-la-Cité y todavía iluminados por uno de los postes en octavo de la ciudad. No sabría yo, si no fuera por Bourdoukan, que Fátima An-Najar, una viejita palestina, de sus 67 años, explotó su propio cuerpo en protesta por las agresiones israelíes. Ya les habían matado a su marido y sus dos hijos, pero lo que le quitó la paciencia fue la muerte de un nieto. Después de eso, le bastó un día. Si estuviera aquí, ¿no estaría también Fátima a comprar el pescado del almuerzo, a escoger, en el pasillo de los dulces, un regalito para su nieto? ¿En el carrito llevaría sus compras o una bomba? Piense usted, che, en cómo rutinas tan distintas pueden estar tan conectadas. ¡Qué mundo más desparejo! ¡Salve Yupanqui! Al mismo tiempo en que Doña Fátima se va por los aires, están las viejitas españolas a pasear por el súper, discutiendo la inseguridad, <<¡vaya árabes!>>, <<¡en el tiempo de Franco no era así!>>, <<¡vaya inmigrantes!>>. Al escuchar eso, ya es hora de que uno vuelva a apagar otro pucho en el tiempo que se va, hora de que la renfe esté tan llena que ya mal se mueva con tantos inmigrantes, hora pasada para que el circo del mundo parezca completo. ¡Hay feria! Y el único que todavía queda dormido es Cervantes, hecho piedra, eco de un quijote que, si está despierto, lo estará en cualquier otro mundo, que no el nuestro, que no este que se despeja en la ventana y que insiste en no despertar para la realidad.
Dito por GABRIEL SILVEIRA em 10:02 Comentários:




1.2.07

Números do cotidiano
Guilherme Póvoas
Três ovos caíram no chão. Ao mesmo tempo? Não se sabe. Também não importa. Três ovos menos. Duas horas até chegar ao supermercado. Três horas para voltar. Dois ônibus. Mais sete quadras caminhadas com sacolas em mãos, escancarando duas veias do braço esquerdo além de três do direito. Uma parada. Sacolas no chão. Duas baratas correndo, ao longe, para o bueiro. Cinco minutos, voltam os passos, com as duas pernas, dois braços riscados pelas veias e as sacolas. Um quarto de hora depois, frente ao prédio. Dois olhos voltados para cima: doze andares, vinte e quatro lances de escada. Não tem nenhuma outra alternativa. Trinta e dois graus à sombra - para quem a encontrasse. Foram-se dezesseis minutos com apenas mais uma parada, lá no sétimo andar, sentado no segundo degrau daquele lance de escada. Uma sacola de cada lado. Três puxadas bem fundas de ar, apenas duas para respiração. Enfim, a única porta do apartamento. Três chaves. Escolheu a uma. Entrou no lar e viu os dois pratos sob a mesa. Pensou que pudesse jantar com alguém apenas neste único dia. Um sonho. Um movimento para bater a porta. As três chaves no chão. O molho de chaves no chão. Antes de pensar em colocar as sacolas na mesa. Três ovos estralados no velho assoalho. Três ovos menos. Acidente. Comida menos. Sem comida. Nas sacolas, o peso do trabalho. E o peso da solidão.

Dito por GUILHERME L. PÓVOAS em 22:20 Comentários: